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En algunos estudios se hace mucho hincapié (asignaturas como Dirección Financiera, por poner un ejemplo) en el análisis sobre cuál es el punto de equilibrio más adecuado entre conseguir financiación mediante el aumento del capital propio o deuda. Aun así muchos empresarios no abarcan esta cuestión como algo estratégico, restando importancia a la misma y decidiendo, exclusivamente, en función de parámetros que no tienen que ver con los beneficios e inconvenientes de cada una de las maneras de obtener financiación.


Haremos una pequeña introducción en esta entrada sobre las diferencias y similitudes entre ambas formas de obtener capital, para centrarnos en las ventajas e inconvenientes en un artículo posterior.

En general los empresarios de pequeñas empresas comprenden los préstamos como un contrato con el que pierden dinero debido a los intereses, y que siempre es mejor –si es posible- aportar su propio dinero si es necesario. Es un razonamiento bastante común y que, aunque se ajusta a la realidad cotidiana a pequeña escala, se debe matizar.
El capital propio permite que, aquél que lo aporta, no pueda exigir unos intereses. Si existen beneficios pues perfecto, le llegarán en función de su proporción, y si no hay beneficios o se decide que no se repartan… pues nada. Mala suerte, y a otra cosa mariposa.

La deuda, en cambio, es implacable. No importa que haya habido beneficios o no, los intereses y la correspondiente amortización se debe pagar. Puede llegar a ser una situación agobiante, ya que la morosidad, si deseamos que el negocio funcione a largo plazo, no debe ser una opción. Desde este punto de vista parece que el camino de la deuda es oscuro, mientras que el del capital propio está soleado y con pajarillos cantando.

Pero no es oro todo lo que reluce. El inconveniente más fácil de observar es que emitir capital propio puede diluir las participaciones, pero no es ni de lejos el más relevante de este tipo de financiación. El más importante es que los individuos que invierten como capital propio dejan de tener ese dinero. Parece una obviedad, pero ahora veremos que es más relevante de lo que parece. Ese dinero que dejan de tener es dinero que no pueden invertir en otro lugar, sumado al –enorme- riesgo de no volverlo a percibir. Por tanto el tipo de interés que debe esperar percibir este individuo debe ser el interés equivalente a inversiones seguras (letras del tesoro, por poner un ejemplo para simplificar este concepto) más el equivalente al riesgo que supone invertir en algo para lo que es posible que no obtenga ni beneficios ni, por supuesto, recuperación del principal. Decíamos al principio que el empresario medio veía el préstamo como un contrato en el que se perdían los intereses, pero es que, y en función de lo expuesto, al prestar dinero desde su propio bolsillo a la empresa también está perdiendo un dinero (o dejando de ganar) y, lo que es más importante, arriesgándolo.

Por tanto el empresario debe ser consciente de que, como individuo, debe tener en cuenta este coste del inversor a la hora de aumentar el capital propio, coste que es inferior al existente con deuda.

Como conclusión, lo más adecuado es encontrar el equilibrio entre el riesgo de no poder devolver el préstamo y el coste que implica el aumento de fondos propios.

Autor: Rodrigo Tovar Monge